Domingo 05 Sep

Opinión

Escrito por Pilar Kraan Viernes, 21 de Mayo de 2010 11:16
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ESTIMADOS amigos, dedicamos este suplemento a todos los trabajadores, especialmente aquellos que fueron o que son migrantes, quienes lejos de sus países de origen trabajaron o trabajan sin escatimar sacrificios para poder brindar a sus hijos unas posibilidades de educación y futuro que en sus patrias les son o fueron negadas.

A ellos, por la valentía de haberlo dejado todo y tener las agallas para volver a empezar; a las madres inmigrantes que trabajan como internas cuidando a hijos de otros mientras acarrean el sinsabor de estar lejos de los propios; a los inmigrantes desocupados, que hoy son los primeros afectados por la crisis; a los jóvenes que teniendo formación universitaria se ven obligados a aceptar trabajos de poca cualificación y a los emigrantes españoles retornados que desde el extranjero aportaron durante décadas al crecimiento económico de España.
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Escrito por Teresa Puig Viernes, 23 de Abril de 2010 11:42
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El racismo y la xenofobia, como prejuicios declarados contra otros y basados en la creencia de la propia superioridad, han formado parte de muchas sociedades a lo largo de la historia. Justificaron la esclavitud, el lado más cruel del colonialismo y la barbarie de la ideología nazi. Y aunque la diferenciación racial no tenga ninguna base biológica ni científica, el siglo XXI afronta ya nuevas manifestaciones de una lacra que se creía históricamente superada. Son fenómenos neorracistas que ponen su acento en la identidad étnica, fomentando un exclusivismo cultural que inventa características innatas en la identidad colectiva. Un neorracismo que se extiende por Europa y que se presenta como defensor de los derechos de los pueblos a mantener su identidad cultural frente al otro, al invasor, al inmigrante que pone en peligro lo propio y al que se contesta con pequeñas dosis de aislamiento, segregación o marginación. No son pocos los países en los que aún hay versiones dulces de políticas del odio o programas populistas que identifican inmigración con delincuencia e inseguridad ciudadana.

Son los hijos de la ignorancia y la democracia débil, y están posibilitando que la bestia que nunca desapareció vuelva y acabe con el sueño de lograr una convivencia tolerante y respetuosa. España, por desgracia, no es una excepción. Sedados con mensajes tranquilizadores, tendemos a olvidar pronto historias tan terribles como las vividas en El Ejido, por no hablar de la falta de disposición de las instituciones democráticas para impedir las actividades ilegales de grupos neonazis. En este contexto, el pasado 21 de marzo celebramos el Día contra el Racismo y la Xenofobia. Ese día se cumplían treinta años desde que la policía disparase contra una manifestación pacífica que se realizaba en Sharpeville, Sudáfrica, para protestar contra las leyes del apartheid. La ONU, a través de esta celebración, quiere recordarnos su propósito de combatir y erradicar el racismo, la discriminación, la xenofobia y todas las formas de intolerancia que se llevan a cabo en diferentes partes del mundo. Y aunque es cierto que en el siglo XX se ha avanzado enormemente en la creación de instrumentos institucionales y legales que garanticen los principios de dignidad e igualdad, con enormes compromisos tanto en la Carta de las Naciones Unidas como en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la protección de las minorías sigue siendo condición indispensable para la estabilidad social y la paz.

Pero el desarrollo equilibrado, columna vertebral de todo quehacer responsable, es complejo. Asegurar a todas las personas, en todas las partes del mundo, los medios para una vida digna, implica un enorme esfuerzo humano y un profundo cambio de políticas. Garantizar un futuro mejor para todos supone grandes sacrificios y exige una reinterpretación de las prioridades sociales, las prácticas de consumo y las relaciones de la persona con la sociedad y con el medio ambiente. En definitiva, convivencia y cooperación son el imperativo de ese núcleo de principios y valores compartidos que, lejos de abandonarse a formas racistas y xenófobas, favorecerá por fin el ascenso de una ética cívica universal.


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Escrito por Pilar Kraan Martes, 02 de Marzo de 2010 17:37
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ME complace una vez más poder presentarles este nuevo número de Emergentes con el deseo de que sigan renovando sus esperanzas en nuestro trabajo y bajo nuestro firme compromiso de seguir fortaleciendo, a fuerza de tesón y perseverancia, este proyecto de comunicación que tantas satisfacciones nos da.
En esta oportunidad quisimos, sin ninguna modestia, ser portavoces de la sociedad para visibilizar a los invisibles y agradecerles a «toda voz» aquello que han hecho, desde el exterior, por la sociedad que hoy nos acoge. Por ello, hemos dedicado un reportaje a los andaluces emigrantes retornados de Bélgica, para que a partir de cuatro amigos de ASER, la Asociación Sevillana de Españoles Retornados, recordemos a los miles y miles de españoles que «cumplieron su condena» trabajando en las minas belgas y a las jóvenes españolas que dedicaron los mejores años de su juventud al cuidado de niños y ancianos en aquel país noreuropeo.
Y por aquello de que la historia es cíclica, nos hemos ocupado de rescatar las vivencias, los sueños, los anhelos y las frustraciones de los senegaleses afincados en Sevilla. Un colectivo que desearía no tener que arriesgar la propia vida por el sueño de un futuro mejor.
En este suplemento también hemos querido profundizar en el apasionante mundo de las Constelaciones Familiares, una técnica psicoterapéutica que ofrece la oportunidad de liberarse de los prejuicios, las frustraciones y los complejos que se van transmitiendo de generación en generación. Hemos visitado al presidente de la Fundación Padre Leonardo Castillo, Costaleros por un Cristo Vivo, nos hemos detenido a reflexionar sobre las necesidades de las empleadas de hogar para defender sus derechos laborales y, entre otros temas, sobre los nuevos retos a los cuales deben exponerse las asociaciones civiles para seguir siendo efectivas en tiempos de crisis.
Sin extenderme más en la enumeración de los temas que comenzarán a leer al voltear esta página, quiero aprovechar la ocasión para repetir nuestro más sincero pesar a la familia de John Felipe Romero Meneses, el soldado español de nacionalidad colombiana muerto en Afganistán mientras cumplía con una misión de paz. Desde Emergentes queremos mantener vivo su recuerdo para que a partir de él se rescate y valore el aporte que tantos jóvenes inmigrantes con su juventud, su trabajo digno y sus deseos de «emerger» hacen a la sociedad española.
Asimismo quiero agradecer sinceramente a todas las ONG, asociaciones y entidades civiles que han contado y cuentan con Emergentes para trabajar por la recuperación de Haití. Seremos constantes también en esta batalla porque la solidaridad nos incumbe y mucho.
 


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Escrito por Pilar Kraan Viernes, 22 de Enero de 2010 14:31
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HAITÍ, el país más pobre del continente americano, nos necesita más que nunca. La tragedia que ha vivido el 12 de enero pasado con un fuerte terremoto de magnitud 7,3 en la escala de Richter y la sucesión de los lamentables acontecimientos que se están viviendo desde entonces, nos enfrenta una vez más a la injusticia de las desigualdades que marca el pulso del mundo en que vivimos.

No sé si lo sabían: Haití, cuya base étnica poblacional tiene en un 95% su origen en habitantes del África subsahariana, fue escenario del primer caso en la Historia Universal por el que la rebelión de la población, sometida al sistema de esclavitud, condujo a su emancipación y a la abolición de esta forma de explotación de forma autónoma y perdurable en el tiempo, sentando un precedente definitivo para la supresión del comercio transatlantico de personas.

Este episodio es especificamente recordado por Naciones Unidas mediante la Resolución 29/C40 para la constitución del Día internacional del recuerdo de la trata negra y de su abolición, celebrado cada 23 de agosto. Resulta lamentable que haya pasado tanto tiempo de esta victoria nacional y que la esclavitud, en sus nuevas formas, siga presente en la vida de los haitianos y de tantos países en vías de desarrollo a través de la corrupción, la explotación laboral, el hambre, la vulneración generalizada de los Derechos Humanos y las profundas diferencias económicas entre los países pobres y ricos, y entre los pobres y ricos de cada sociedad.

Evidentemente, para reducir estas diferencias hace falta alcanzar un nuevo orden económico internacional que garantice una distribución más equitativa de los recursos del mundo pero, sobre todo, que se ponga fin al deseo de dominar a los otros y a la cultura de esclavitud y servidumbre. Los datos son devastadores: el 20 por ciento de la población mundial consume el 83 por ciento del ingreso mundial, mientras que el 80 por ciento restante vive sólo con el 17 por ciento.

Un billón de personas vive con menos de un dólar por día y otro billón no tiene acceso al agua potable. Cerca de 1.7 billones no tiene acceso a la sanidad y cientos de millones de campesinos pobres tienen dificultades en mantener la fertilidad del suelo con la que se ganan un exiguo vivir. Y como si esto fuera poco, alrededor de 40.000 personas mueren diariamente por causas relacionadas con el hambre.

Por todo ello, hemos querido comenzar este 2010 con un suplemento que incite a la reflexión, intentando plasmar en cada una de sus páginas un fragmento de la realidad con la intención de poder apropiarnos de ella, analizarla y contar con los conocimientos para defender nuestros derechos como personas. Asimismo, desde Emergentes hacemos un llamamiento a todas las entidades, ONG´s o asociaciones civiles que estén interesadas en contar con nuestra plataforma de comunicación (radio, prensa y web) para poner en marcha acciones destinadas a la recuperación de Haití. Todos los indicadores nos auguran un 2010 bastante complejo en temas de inmigración y por ello será, más necesario que nunca, que el devenir en temas migratorios nos sorprenda informados, concienciados y fortalecidos.


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Escrito por Gino Rospigliosi - Traductor e Intérprete Martes, 22 de Diciembre de 2009 11:07
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Muchas cosas se le ocurren a uno cuando está sentado 13 horas en un avión, con las piernas encogidas y mirando a la oscuridad más allá de la ventanilla.  Más aún cuando sabes que ese último vistazo que diste a tu ciudad tendrá probablemente que durarte mucho, mucho tiempo. Recuerdas las noticias de televisión que hablan del país al que vas. También recuerdas lo que te cuentan los que ya estuvieron allí. La despedida en el aeropuerto. La fila para subir al avión, la mezcla de inmigrantes y turistas (es fácil distinguir quién es quién). Todo ello se mezcla en un remolino de pensamientos confusos, porque todavía no tienes tiempo de sentirte triste, ni de extrañar. La verdad, aunque uno piensa mucho, en realidad no siente nada. Al menos, todavía no.
Si es difícil mudarte de casa, aún en la misma ciudad, cuánto más difícil es mudarse de continente, a un país donde la gente habla raro —todavía no te das cuenta que el que habla raro eres tú— y donde tu piel oscura destacará como una mancha en medio de la sábana.
¿Cuándo te das cuenta de que estás en otro país? En mi caso, no fue cuando bajé del avión, ni cuando pasé por Migraciones. Ni siquiera cuando vagaba perdido por el aeropuerto, aferrándome a ese papelito con instrucciones: «Toma el metro línea tal hasta la estación de autobuses, y ahí ...». No. En mi caso, me di cuenta que estaba en otro país cuando, ya en la ciudad, el estómago me empezó a gruñir, busqué un sitio para comer, y en la puerta del bar descubrí, con gran sorpresa, que tenía miedo de entrar. Entrar significaría pedir, pedir significaría hablar, y hablar significaría delatar mi origen extranjero. Y tuve miedo ¿Cómo me mirarían? ¿Qué me dirían? ¿Y si no les entiendo? Ese primer día sólo comí lo que encontré en una máquina vendedora. Y lo más barato además, descubriendo ese hábito del recién llegado que insiste en traducir todo precio a la moneda de tu país, y claro, ese sandwich tan pequeñito cuesta un mundo de plata.
Los viajes en autobús son iguales en todo el mundo: sentarse aburrido a mirar por la ventana. Si hay suerte, una película de kung-fu a bajo volumen durante hora y media, seguida por otra hora más de pantalla azul. En mi caso, tuve suerte. Sin embargo, te da mucho tiempo para pensar. Más que en el avión, porque el interminable desfile de casas, árboles y autos de algún modo te permiten concentrarte mejor en tu situación.
Tantas incógnitas. Dónde vivirás. En qué trabajarás. Cómo te tratará la gente. Para algunas, la respuesta será rápida. Pero hay aquellas otras que sólo el tiempo responderá: ¿Te acostumbrarás? ¿Saldrás adelante? ¿Regresarás algún día? y sobre todo, la eterna duda del inmigrante novato: ¿tomé la decisión correcta?
…continuará (si hay suerte).

* Del latín «tierra desconocida». Territorio que aún no ha sido explorado por el hombre.

 


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